Cuando piensas en grandes gobernantes de Europa, a menudo te vienen a la mente nombres como Napoleón o Federico el Grande. Pero una de las personalidades más influyentes del siglo XVIII fue una mujer: María Teresa de Austria. Gobernó un enorme imperio durante casi cuatro décadas y reformó profundamente el Estado y la sociedad, en una época en la que las mujeres ni siquiera estaban reconocidas oficialmente como gobernantes.
Un gobernante contra las expectativas
María Teresa nació en Viena el 13 de mayo de 1717. Como hija mayor del emperador Carlos VI y de Isabel Cristina de Brunswick-Wolfenbüttel, en un principio no fue educada como futura regente. Sólo cuando quedó claro que no nacería ningún heredero varón, su padre promulgó la llamada Sanción Pragmática, destinada a permitir que María Teresa sucediera al trono.
En 1736 se casó con Francisco Esteban de Lorena, quien, sin embargo, tuvo que renunciar a sus ducados de Lorena y Bar en el marco de la política europea de equilibrio. Como compensación, se le concedió el Gran Ducado de Toscana en 1737.
Cuando Carlos VI murió en 1740, María Teresa sólo tenía 23 años: inexperta, embarazada y rodeada de adversarios políticos. Muchas potencias europeas cuestionaron su derecho a la sucesión. El resultado fue la Guerra de Sucesión Austriaca, que puso a prueba su gobierno desde el principio.
Guerra y asertividad
Federico II de Prusia, en particular, se aprovechó de la situación y ocupó Silesia, un territorio económicamente importante. María Teresa no pudo recuperarlo a pesar de varias guerras, pero demostró instinto político, perseverancia y un notable liderazgo.
Su comparecencia ante la nobleza húngara cuando solicitó su apoyo es legendaria. Con su emotivo llamamiento, consiguió aliados leales y aseguró así la continuidad de su monarquía. Este momento dejó claro que María Teresa no era una mera figura simbólica, sino una verdadera política de poder.
Reformista por convicción
Lejos de los campos de batalla, María Teresa moldeó su imperio principalmente como reformadora. Modernizó la administración, el poder judicial y el ejército, sentando las bases de un Estado eficaz.
Sus reformas más importantes incluyen
- la introducción de la enseñanza obligatoria (1774),
- una reforma fiscal global que también implicaba en mayor medida a la nobleza y al clero,
- la restricción de la tortura y los juicios por brujería,
- la creación de una función pública profesional.
Aunque era profundamente religiosa y conservadora, actuó de forma pragmática en muchos ámbitos, siempre con el objetivo de fortalecer su imperio.
Madre de dieciséis hijos
Además de su papel político, María Teresa era también una persona de familia. Dio a luz a 16 hijos, diez de los cuales llegaron a la edad adulta. Utilizó a sus hijos específicamente para alianzas dinásticas -una práctica habitual en la época- y la más famosa de sus hijas es sin duda María Antonieta, que más tarde se convirtió en reina de Francia. Irónicamente, fue precisamente esta conexión la que provocó tensiones duraderas que culminaron en la Revolución Francesa.María Teresa cultivó una relación estrecha, a veces estricta, con sus hijos. Sus cartas muestran una mezcla de preocupación maternal, cálculo político y normas morales.

No una emperatriz - y sin embargo la emperatriz
Formalmente, María Teresa nunca fue emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico, ya que este cargo estaba reservado a los hombres. El título recayó primero en su esposo Francisco I Esteban y más tarde en su hijo José II, pero de facto el poder político estaba mayoritariamente en sus manos.
Trabajar con José II no siempre fue fácil. Mientras él se esforzaba por introducir reformas radicales, ella era partidaria de un cambio gradual. Esta tensión entre tradición e ilustración caracterizó los últimos años de su reinado.
Muerte y legado
María Teresa murió en Viena el 29 de noviembre de 1780. Su muerte marcó el final de una era, pero su influencia perduró mucho más allá de su muerte. Había convertido un Estado multiétnico en crisis en una gran potencia estable.
Su legado tiene muchas capas:
- Fue una de las primeras jefas de Estado modernas de Europa.
- Demostró que el poder político no está ligado al género.
- Combinaba la tradición con la voluntad de reforma, no siempre sin contradicciones, pero con eficacia.
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